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El
Señor Presidente del Gobierno nos anuncia leyes “progresistas, laicas y
modernas”. ¿Qué son leyes progresistas? Y ¿cuáles son las
verdaderamente modernas? Esto de ser más o menos moderno es muy relativo y
no da garantías de nada. Tan moderna es la bomba atómica como la Sociedad
de Naciones. Parece más bien que lo que nos interesaría a los españoles es
que el gobierno promoviera leyes inteligentes, prácticas, justas, capaces de
favorecer verdaderamente el bien auténtico y general de los españoles.
En
principio, todas las leyes que salen del Parlamento, son leyes laicas, es
decir, promulgadas por una autoridad civil, no sagrada, sin ninguna pretensión
trascendente. El Parlamento no es el Sinaí. Afortunadamente. Leyes laicas
son también las que proceden de
una mentalidad laica, o más bien laicista
Seguramente el Señor Presidente se refería a leyes
elaboradas, aprobadas y promulgadas con una visión laica de la sociedad y
del hombre, es decir, sin referencia a Dios, sin tener en cuenta la ley de
Dios, incluso sin tener en cuenta la fe en Dios que puedan tener algunos
ciudadanos, pocos o muchos. Eso sería tanto como anunciarnos leyes
discriminatorias, que se ajustan a la mentalidad de unos y no tienen en
cuenta la mentalidad de otros, que favorecen a los que no creen en Dios e
ignoran a los que sí creen en El y quieren vivir de acuerdo con su voluntad.
Según
esto, al prometernos leyes laicas, el señor Presidente puede estar
anunciando leyes que no tengan en cuenta la ley de Dios, ni las exigencias de
la moral natural, leyes que favorezcan la concepción laica de la vida, según
la cual no hay ningún ser creador, sino que somos hijos del azar, y por
tanto dueños absolutos y únicos responsables de nuestra existencia, sin que
pueda haber ningún valor absoluto ni tengamos que dar cuentas de nada ante
nadie. Estamos solos en el mundo y entre todos tenemos que ir modelando
nuestra humanidad como mejor nos parezca. No hay referencias morales que
orienten nuestra vida, la opinión pública, el consenso, y en última
instancia la conveniencia de los grupos más influyentes son las únicas
fuerzas que de verdad rigen nuestra vida. No tenemos raíces firmes ni rumbos
orientadores.
Parece
que nuestros gobernantes consideran un bien importante para España y para
los españoles, el ir prescindiendo de cualquier influencia religiosa en las
leyes y por tanto en la configuración de las relaciones sociales entre
nosotros y de los bienes que en nuestra convivencia podamos encontrar.
Quieren una España laica, en la que la religión sea, a lo más, una afición
privada de algunos ciudadanos, tolerable sólo en la medida en que no
pretenda aparecer ni ser tenida en cuenta en la vida pública, en las leyes,
en la cultura, en los comportamientos, en los usos y costumbres, en los
criterios morales y normativos de nuestras conductas. No se trata sólo de
impedir que los eclesiásticos influyan en la vida política, se trata más
bien de que no influyan tampoco las convicciones religiosas de nadie, ni
siquiera de los políticos. Esto es tanto como amordazar las conciencias,
destruir la fuerza vital de la religiosidad y de la fe.
Ante
este propósito a los creyentes se nos presentan muchas dificultades. Las
leyes tienen que responder al conjunto de la sociedad, a la voluntad y a las
creencias de los ciudadanos, y no a las opiniones particulares de los
gobernantes. Un gobernante puede ser ateo, como un partido puede ser
partidario del agnosticismo, pero no tienen por qué tratarnos a los demás
como si también lo fuésemos, y menos todavía utilizar los recursos del
poder político para convencernos de su ateísmo.
Tampoco sería justo lo contrario. Si en España hay treinta millones
de ciudadanos que creen en Dios ¿es
justo que a la hora de legislar no tengan en cuenta nuestras creencias y sí
tengan en cuenta únicamente las creencias de los demás? Eso no es gobernar
para el bien de todos.
Y
yendo más al fondo de la cuestión, hay que preguntar por qué la fe de cada
uno no puede influir en sus concepciones o actuaciones políticas. En la
sociedad democrática cada uno puede manifestarse como es, todos somos
iguales ante las leyes y todos tenemos el mismo derecho a intervenir en la
vida pública según nuestras propias convicciones, respetando los derechos y
la libertad de los demás. La fe religiosa es parte esencial de la mentalidad
del creyente y de la cultura de los pueblos. No se puede actuar como si no
existiese, ni se la puede recluir a la vida puramente privada, sin mutilar la
vida real de los ciudadanos, sin perturbar el patrimonio cultural de la
sociedad, sin traspasar los límites y las atribuciones de una autoridad
justa y justamente ejercida.
Recientemente
el Señor Presidente nos ha dicho que él no permitirá que nadie imponga a
los demás sus creencias morales. Afirma que él respeta el orden moral, pero
que el orden cívico se regula por ley en el Parlamento. Frases contundentes.
Pero a lo mejor esta contundencia es más aparente que real. Porque no se
trata de imponer las creencias morales de nadie, sino de exigir a los
legisladores que, por el bien de los ciudadanos, respeten en sus actividades
legislativas, las exigencias de un orden moral objetivo, inscrito en la
naturaleza del hombre y formulado suficientemente por la recta razón a lo
largo de la historia. Es cierto que el orden cívico se regula por ley en el
Parlamento. Nadie lo discute. Pero los parlamentarios no son creadores del
bien y del mal, no pueden legislar como les convenga, si quieren ser justos
tienen que actuar según una ley moral superior y anterior al Parlamento, que
fundamenta objetivamente los derechos de los ciudadanos a cuyo bien general
las leyes deben ordenarse. Sin el respeto al orden moral objetivo la mejor
democracia degenera en tiranía.
Por
otra parte, la mentalidad laicista no tiene legitimación ni teórica ni práctica.
Teóricamente la existencia de Jesucristo y la validez de su testimonio sobre
la existencia y la providencia misericordiosa de Dios tienen tanto
fundamento, al menos, como la opinión contraria. En una sociedad donde haya
cristianos y no cristianos, creyentes y ateos, un gobierno que quiera ser
justo con todos los ciudadanos, no puede identificarse con ninguna de las dos
partes. La confesionalidad religiosa y católica no puede ser sustituida por
la confesionalidad contraria de la militancia atea. El progreso no consiste
en sustituir una confesionalidad por otra, sino en adoptar el camino de la no
confesionalidad, bien entendida y lealmente aplicada, como neutralidad
positiva del gobierno en materia religiosa. Si nadie puede imponer un orden
moral objetivo, ¿es que el gobierno laicista puede imponernos su
permisivismo moral? ¿Es que van a ser los grupos de presión los que
determinen los criterios y las actuaciones del Parlamento?
Dicho
con todo respeto, los cristianos pensamos que este propósito de gobernar con
leyes laicas no tiene fundamento teórico serio, ni es verdaderamente
progresista, sino que supone un retroceso a tesis y formas ya superadas. A
muchas personas, incluso a algunos cristianos, les parece normal que las
actividades religiosas de los ciudadanos no se puedan financiar con fondos públicos.
Es cierto que las actividades religiosas no son de todos, pero tampoco lo son
el deporte, ni el teatro, ni el cine, ni otras muchas cosas que se financian
con dinero público sin que nadie lo discuta. Volvemos a la misma cuestión
de siempre, el Estado y la autoridad política tienen que aceptar
sinceramente que la fe religiosa es un derecho de los ciudadanos, cuyo
ejercicio cualifica la vida y las actividades de la persona, enriquece el
patrimonio cultural de la sociedad y facilita la convivencia justa y pacífica
de los ciudadanos. O dicho de otra manera, el ejercicio de la libertad
religiosa de los creyentes, forma parte del bien común que el gobierno debe
proteger y fomentar. Si esto es así, ¿por qué hay que ignorarla y dejarla
fuera de la actuación positiva del gobierno en igualdad de condiciones con
otras muchas actividades espirituales y culturales de los ciudadanos? ¿Por
qué hay que excluir la enseñanza de la religión en el programa escolar? ¿Por
qué hay que prohibir los signos religiosos en los centros públicos y
comunes? ¿A quién ofenden? ¿A quién hacen daño? Ojalá nuestros
gobernantes encuentren tiempo para pensar un poco más en estas cuestiones.
EL
LAICISMO QUE VIENE (y II)
Los
católicos españoles sabemos lo que es vivir con un gobierno de preferencias
laicistas. En el momento presente, los protagonistas de esta oleada laicista
parecen ignorar algunos hechos recientes muy importantes. Cuando presentan la
Iglesia católica como poco adaptada a las exigencias de la democracia, no
tienen en cuenta la renuncia de
la Iglesia y de los católicos españoles al confesionalismo católico, a
favor de la reconciliación y de la igualdad de todos los ciudadanos. Y
olvidan también que la Constitución se construyó a partir de un consenso
social uno de cuyos elementos era el entendimiento entre creyentes y no
creyentes, gracias al concepto de no confesionalidad aceptado por todos.
Implantar ahora un confesionalismo laicista sería negar aquel consenso
constitucional y volver a la situación absurda y peligrosa de las dos Españas.
Es
necesario que entre todos hagamos lo posible para encontrar de nuevo aquel
espíritu de respeto y sincera voluntad de
convivencia que hizo posible la transición política y que resulta
indispensable mantener para garantizar la serenidad y la estabilidad de
nuestra sociedad. En este escrito me dirijo principalmente a los cristianos y
por eso intentaré responder a
esta pregunta clave: ¿cómo tenemos que actuar los católicos en estas
circunstancias?
1. Mi
primer consejo es simplemente el consejo tantas veces repetido por el señor
a sus discípulos, “No temáis”. El está con nosotros. Ha vencido al
mundo. Su victoria es también la nuestra. Nuestra victoria es la fe. No
perdamos la confianza en la providencia de Dios, fuerte y misericordiosa. La
Iglesia ha vivido siempre entre dificultades y los cristianos han padecido
con frecuencia por presentarse y actuar como discípulos de Jesús. Estos
sufrimientos nos purifican y fortalecen. Recordemos las palabras de San
Pablo, “la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de este mundo; la
locura de Dios más sabia que la sabiduría del mundo”. “Nos basta la
fuerza de Dios, de modo que cuando somos débiles, si confiamos en El,
entonces es cuando somos más fuertes”. Que las argumentaciones del
laicismo no nos hagan dudar de la verdad y del valor de nuestra fe ni de las
instituciones y actuaciones de la Iglesia. No nos dejemos paralizar por la
inseguridad o por el miedo. No nos avergoncemos del evangelio. No nos
desanimemos por ser pocos o por quedar excluidos de las zonas de poder.
Nuestra fuerza está en la fuerza de su palabra y de su vida. Precisamente en
estas circunstancias es cuando más tenemos que anunciar con sencillez y
fidelidad el mensaje de Jesús, conservado y actualizado continuamente por la
Santa Madre Iglesia. Este es el mejor servicio que podemos hacer a nuestros
conciudadanos. Esta es nuestra misión y nuestra primera obligación. Es la
hora de la fidelidad y de la fortaleza. La hora de los testigos.
2.
La primera condición para llegar a tener una suficiente influencia moral es
vivir en conformidad con nuestra fe. Queremos ser discípulos de Jesús. Y El
redujo su mensaje a dos mandamientos bien sencillos: Amar a Dios como Padre
nuestro que es, y al prójimo como a nosotros mismos. Y esto de manera
efectiva, visible, realista. La fuerza de la Iglesia no está en los
instrumentos técnicos ni en las estrategias de opinión que otros utilizan.
La fuerza de la Iglesia está en la fe, en la piedad, en la ejemplaridad de
los cristianos. Si vivimos de verdad nuestra fe, el testimonio de nuestra
vida aclarará muchos malentendidos y más tarde o más temprano convencerá
a los hombres y mujeres que buscan la verdad. Comencemos por asegurar la Misa
de los domingos. La marcha de los acontecimientos nos está pidiendo una
clara definición de nuestra vida. En torno a la Misa dominical tiene que
desarrollarse la vida espiritual de cada uno, la oración diaria, el esfuerzo
por vivir en gracia de Dios, la celebración sacramental del arrepentimiento
y del perdón. Y con la piedad personal, la comprensión y el ejercicio de la
vida matrimonial y familiar según la voluntad de Dios, manifestada por
Jesucristo y anunciada por la
Iglesia. La familia cristiana, estable y fecunda, es signo elocuente de la
fuerza humanizadora y santificadora del amor de Dios, presente y actuante en
las raíces del amor humano. A partir de aquí podremos ofrecer el testimonio
de una vida sobria, alegre, justa, generosa, amante y defensora de la vida y
del mundo, sin desmayos, que busca de verdad el Reino de Dios y el bien de
los hermanos, sin quedarse en apariencias engañosas o en intereses
oportunistas. La verdad de Dios, respaldada por el testimonio de una vida
sincera y santa, acaba abriéndose camino en todos los corazones Un verdadero testimonio de vida cristiana requiere la
unidad en la fe, en la aceptación integral y equilibrada del evangelio de
Jesús, tal como lo han vivido los santos, como lo anuncian y predican los
pastores de la Iglesia, en comunión espiritual y visible con el Papa. La
disidencia, las divisiones, las condescendencias injustificadas, debilitan la
credibilidad del evangelio y dan argumentos a quienes, de una manera o de
otra, pretenden ocultar la luz que ha venido a este mundo. En cambio, el
testimonio visible de una vida santificada y sosegada por el Espíritu de
Dios, puesta de verdad al servicio de los demás, vivida en una comunión cercana y universal, gozosa y esperanzada, serena y
operante, en este mundo nuestro tan egoísta y dolorido, será la mejor
apologética y el argumento más convincente.
3. En la respuesta al laicismo es importante que
sepamos centrarnos en lo fundamental. No se trata de si los curas y los
obispos mandamos mucho o poco, Ni resolveríamos nada con una Iglesia más
tradicional o más moderna. La cuestión de fondo está en saber si hay Dios
o no, si nuestra vida está presidida por un Alguien original,
creador y providente, del cual nos habló Jesucristo de manera
definitiva, o vivimos solos en
el mundo, como dueños únicos y exclusivos de nuestra vida personal y
colectiva. Lo que de verdad se debate en nuestra sociedad, aunque no se
formule claramente, es, si para vivir auténticamente nuestra condición
humana, tenemos que tener en cuenta la presencia del Dios de Jesucristo cerca
de nosotros, o más bien hemos de prescindir de cualquier referencia
religiosa como perteneciente a un estadio anterior del desarrollo humano.
Centremos nuestro esfuerzo en ofrecer a nuestros conciudadanos la
posibilidad de conocer a Dios mediante
el testimonio de Jesús, y de aceptar su providencia, no como una amenaza
para nuestra libertad, sino como la tierra firme que nos permite construir
una vida verdaderamente personal y espiritual, en libertad y justicia, en
amor fraternal y esperanza de eternidad.
Anunciemos con humildad y claridad, con honestidad y respeto, nuestra
manera de entender las cosas. No queremos imponer nada a nadie, pero tampoco
podemos callar el evangelio de Jesús, ni podemos ocultar los signos de la
presencia de Dios entre nosotros. Invitemos a los hombres y mujeres de buena
voluntad a buscar con nosotros la verdad de nuestra humanidad en Jesucristo,
como clave definitiva para la comprensión y el desarrollo de nuestra vida.
Confiemos en la buena voluntad de los que viven fuera de la Iglesia.
No neguemos a nadie la posibilidad de llegar al conocimiento y adoración del
Dios de Jesucristo. Todos son hijos suyos. Por todos murió Cristo y a todos
les llega la asistencia del Espíritu Santo. Esperemos con tranquilidad la
hora de Dios. Si la luz de Dios vuelve a brillar en los corazones de los
hombres y en el corazón de nuestra sociedad, todo resultará claro y
aceptable. Sin esta aceptación cordial de Dios como fundamento y centro de
la vida, ni la moral natural, ni las enseñanzas de la Iglesia ni la vida de
los cristianas alcanzarán el reconocimiento y la estima que merecen.
4. Cuanto queda dicho son actuaciones puramente
religiosas y en cierta manera internas a la vida de la Iglesia. Pero a la vez
que miembros de la Iglesia, los cristianos somos miembros de la sociedad,
ciudadanos como los demás, con los mismos derechos y las mismas
obligaciones. Y es lógico que pretendamos influir en la marcha de los
asuntos públicos y comunes según nuestras convicciones personales y
comunitarias. Todos los miembros de la sociedad tienen que procurar el bien
común según sus posibilidades personas e institucionales. También los
cristianos. Y por supuesto, como todos los demás, según nuestra conciencia
y nuestras propias convicciones. Es un derecho y una obligación. Dicen que
si la Iglesia quiere influir en la política. Evidente. Al menos como
cualquier otra institución. Pero la influencia de la Iglesia en la vida política
no es de naturaleza política, sino eclesial, es decir, de naturaleza
religiosa y moral. La Iglesia influye en la vida social y política, según
su propia naturaleza, con sus actividades propias y, por supuesto,
respetando las normas civiles comunes, legítimas y justas. Anunciando
la doctrina de Cristo, educando las conciencias y animando a sus fieles a
vivir santamente, la Iglesia influye en el comportamiento global de las
personas, y de esta manera influye también en el ejercicio de sus
actividades profesionales y en sus actividades sociales, públicas y políticas.
Es cierto que la Iglesia, como comunidad religiosa que es, no interviene como
tal en el desenvolvimiento técnico y directo de la vida política, pero sí
interviene libremente en la formación de la conciencia social y moral de las
personas que luego actúan en la vida política. La vida política, en su conjunto, la de los votantes y la de los dirigentes,
es una actividad humana, personal y libre, cuya legitimación moral está en
la promoción y defensa del bien público. Como actividad humana, toda acción
política tiene que ser moral y justa y esta justicia no le puede venir en última
instancia de sí misma, ni de los
consensos circunstanciales o de las presiones de un grupo determinado, sino
que le ha de venir de la conformidad con una referencia objetiva, ya sea de
naturaleza religiosa o simplemente ética, que vincula la conciencia de todos
los hombres, también de los políticos, y que radica en el ser mismo del
hombre, de cada persona, considerado como creatura de Dios o como realidad última
en el orden práctico a la que se le reconoce un valor absoluto. El
reconocimiento de esta referencia moral es la garantía del respeto a la
persona y a la sociedad, cuyos derechos no provienen de las instituciones políticas,
sino que son anteriores y superiores a todas ellas, fundados en su propio ser
y, para nosotros los creyentes, en la sabiduría y el amor de Dios. Un poder
político, ejercido sin el reconocimiento de una norma moral objetiva, es un
peligro gravísimo para el bien de la sociedad. Basta con repasar la historia
del siglo pasado para comprenderlo. La Iglesia contribuye de forma importante
a la clarificación y fortalecimiento de esta conciencia moral de los
ciudadanos que quieren escucharla. No impone sino que propone. Y luego cada
persona, también los cristianos, actúan en consecuencia. Así es como ella
contribuye al bien común, también al bien común temporal y político,
dentro de un marco legal estrictamente democrático. La lástima es
que hoy, en España, muchos cristianos no actúan en la vida profesional y
política de acuerdo con las exigencias de la fe. Decir esto no es volver a fórmulas
superadas de clericalismo o de confesionalidad, no es fruto de añoranzas
inconfesadas de épocas pasadas. Es
simplemente animar a los cristianos a ofrecer a la sociedad los bienes de
naturaleza moral y temporal que nosotros hemos descubierto gracias a la
iluminación de la fe y a la primacía del amor al prójimo como norma
suprema de comportamiento en el conjunto de nuestra vida personal, familiar,
profesional, cultural y política. ¿Hay en esto algo contra las leyes de la
democracia?
Mons. Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela.
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