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MUERTE EN ROMA.
Amanece nublado en las afueras de Roma. Un nuevo día se levanta, envuelto en el misterio, junto a los suaves altozanos que descienden hasta confundirse con las frías aguas del Tévere. Algo terrible sobreviene. La muerte sorprende al joven Mario sin darle tiempo
a reaccionar. Lidia, su angelical esposa, ha muerto al dar a luz a su hijo primogénito.
Casi sin comprenderlo, aturdido por la celeridad con que se suceden los acontecimientos, atormentado por el dolor de la separación, apenas puede mascullar palabras inconexas que pierden su conciencia en el sin sentido de la desesperación. Ha tomado algo que le han
dado para que descanse, pero es inútil. Todo parece un sueño que se ha tornado pesadilla. Todo una locura. “¿Qué ocurre a mi alrededor?” - musita.
Pronto, demasiado pronto debe iniciar los distintos ritos con que su pueblo honra a los muertos. Su madre, Sabina, le guía, pues él apenas puede mantenerse en pie. Lavan a su amada con mucho cuidado, empleando diversos perfumes que mezclan en el agua. Luego la
cubren con un burdo tejido y le piden a Mario que le coloque en la boca una moneda para pagar a Caronte. El hijo de Erebo ha de recibir su paga por transportar en la barca a su amada Lidia hasta el lugar de su reposo, sin cuya ayuda vagaría por la ultratumba
perdida y sin sentido para toda la eternidad.
Ahora queda expuesta durante algunas horas mientras diversos intérpretes entonan alabanzas y cantos fúnebres. Mario contempla silencioso. Se le escapa la realidad inmediata entre los dedos temblorosos de sus manos.
Los demás hablan. Hablan demasiado. Todo lo saben explicar con bellas palabras que, al tiempo que a aprendidas consejas, suenan a fríos embustes de las noches de invierno. Algunos incluso le dicen que los muertos siguen viviendo; que en su aniversario podrá
llevar a la tumba de su joven esposa flores, comida, agua, vino, leche y miel; que habrá fiestas en febrero en que la gran vestal volverá a realizar el sacrificio fúnebre, en que se consagrará una novena en favor de los parientes difuntos, en que toda la ciudad
se entregará otra vez al pensamiento y a la presencia de los espíritus de los muertos. Pero todo ello no le trae la paz, no le devuelve el consuelo.
Él ha perdido a su amada y es lo único que siente. Comprende entre sollozos que la muerte es algo más que un paso a la otra vida, que hay una separación radical que le ha arrancado a su pobre Lidia de quien, de alguna manera, trata de despedirse para siempre.
“¿Hacia dónde caminas, amada mía?, ¿cómo es ese infeliz carruaje que te me lleva ahora de mi lado?” Apenas un tímido suspiro rompe su estremecido silencio.
Intensamente resuenan, ahora, en su interior, los ecos de las lemuria, en que recuerda a su padre levantándose descalzo, mediada ya la noche, entrechocando los dedos para ahuyentar de su casa las sombras; en que lanzaba habas negras para “redimir” a
los suyos y a sí mismo, ordenando en varias ocasiones a los manes de sus padres, mediante conjuros y otras letrillas, que abandonasen la casa.
¿Cómo pensar en el amor de su esposa muerta si su religión le exige defenderse de ella, mediante mágicas argucias, cuando ésta se obstine en volver a casa? Los muertos así honrados, ¿son poderosos o débiles, temibles o propicios? ¿Qué es su amada ya sino
un despojo de carne que yace silenciosa, inerte, exánime, vacía de todo resto de vida? ¿Por qué esforzarse en descubrir un mundo más allá de éste cuando no tiene delante sino la fatal desolación y la fría muerte?
No entiende a su familia. Ellos se esfuerzan por consolarle diciéndole que todos estos ritos no responden a otro sentimiento más que al de agradar a la desdichada Lidia. Los muertos que yacen pobremente bajo tierra, cuentan, aspiran a retornar al hogar, e
incluso a invadir el mundo terreno. Hay que limitar sus movimientos fantasmales sin llegar a disgustarles, pues serían capaces de llevarse consigo a los vivos. ¿Por qué les llaman manes, “los buenos”, y luego se les concibe en forma de lemures
“espectros” no tan buenos?
Mario no es capaz de concebir que tenga que temer la sola presencia de Lidia, ahora que ha muerto. La ternura de su cercanía, ¿cómo tornarla en recio repudio? Ni siquiera es capaz de imaginar que algún día pueda estar de nuevo junto a ella, cuánto más
rechazarla si de alguna manera pudiera sentirla. “Pero no, todo esto ha acabado -susurra. Lidia ya no está y no comprendo por qué dejar lugar para la esperanza. Ahora queda callar y contemplar”.
No es capaz de salir de su asombro y el dolor por la separación se empieza a tornar incertidumbre ante el futuro. “¿Qué haré ahora yo solo en este mundo - piensa - si la que me daba
todo el cariño y las ganas de vivir ha huido de mi lado?, ¿dónde encontraré consuelo y una madre para mi hijo? El mundo de los vivos se ha resquebrajado y ha dejado caer la perla más hermosa entre el fango de la desesperación. Ya no tengo ganas de seguir
adelante en este irrevocable destino de dolor y miseria. La religión me da respuestas, pero la vida me muestra lo contrario.
¿Dónde hallar la verdad?, ¿dónde la solución de este macabro acertijo? No hay verdad, no hay solución. Si la inteligencia del hombre ha ido dando respuestas a lo largo de los siglos
que nos precedieron, generando una serie de estructuras para introducir un elemento de tranquilidad social, hoy a mí todos estos armazones se me caen encima. Hoy no queda para mí sino la separación y el llanto por la esposa que se me va y que no volveré a
ver.”
El efebo Mario, en su corta vida, ha tenido cerca la muerte en otras ocasiones; pero nunca la había sentido con tanta intensidad. Nunca había experimentado el dolor de la segregación hasta este momento en que le parecía haber muerto a él un poco con ella.
Ahora todo continuará adelante. Sabe que la Ley de las Doce Tablas prohíbe enterrar dentro de la ciudad y que sólo algunos potentados se pueden permitir el lujo de comprar unos metros de tierra para enterrar a sus seres queridos junto a las vías principales.
Un pariente suyo forma parte de una cofradía funeraria, que le ayudará a pagar su tumba y la de los suyos, pero Mario nunca había pensado en ello, hasta hoy. Por eso ha tenido que pedir unas cuantas monedas de plata a sus padres para poder hacerse con un pequeño
campo, a bastantes metros de la vía pública, en que poder colocar el cuerpo de Lidia.
Él quiere gastar los pocos ahorros que tiene su familia para, al menos, conservar la memoria de alguien que, percibe, nunca volverá a ver. Su recuerdo agradecido será su único consuelo en los días de soledad que le aguardan. Un sencillo nombre, labrado en una
estela, marcará el lugar en que serán depositados sus restos, delimitado el terreno mediante una cista de lajas, nada más.
Ha llegado la noche. Un lúgubre cortejo de familiares y amigos, amenizado por los luctuosos sonidos de las trompas de los tibicines, se dirige hacía el recinto funerario a unos mil pasos de la ciudad. Si hubiera sido un personaje importante, Mario habría podido
dedicar a su esposa un público elogio, en alguna parada realizada a la sazón, que luego grabara en la lápida con que la cubriera. Sin embargo, no ha sido así y el camino se ha recorrido pronto. Ahora todo ha acabado.
El cuerpo sin vida de Lidia ha quedado tendido bajo la negra tierra. Su familia se ha ido a purificar con agua y fuego, aguardando los días de ceremonias en honor a su amada en que se
espera de él la preparación de diferentes banquetes; banquetes que amenazan acabar con su ya maltrecha economía.
Vuelve la incertidumbre, la perplejidad ante lo desconocido, “Amada mía, ¿dónde estás? Todos dicen que vives, pero yo no lo veo. Yo sólo siento que tú ya no estás. Sólo percibo la
miseria del no tenerte cerca. Hoy sé que te he perdido para siempre.” En medio de la oscuridad, en el sin sentido de la desesperación, abandonado de todos, Mario se quedó junto a la tumba de Lidia, solo, con los ojos llorosos; hablando, sin saber por qué, con
un poco de tierra removida.
Salamanca, 1 de diciembre de 2001
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