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Leyendas burgondeñas: Al Zoh´ar o las paneras del Zaire
Por José Antonio Calvo Gómez. joseancg@planalfa.es
Hace algún tiempo, paseaba yo por Burgohondo junto un amigo que había venido a visitarme, cuando le llamó
la atención que hubieran llamado a uno de nuestros jardines más céntricos como uno de los países de África: El Zaire. Lo cierto es que resulta significativo, pero le expliqué que, sin embargo, ese nombre apareció por primera vez en el lugar hace muchos cientos de
años. Formaba parte del imaginario colectivo de esta comunidad como una de aquellas narraciones que cuentan la historia de un pueblo sin concretar demasiado ni en fechas ni en personajes, pero que parecen coincidir bien con lo que es en la actualidad, esos relatos
explicativos donde la historia se empieza a mezclar con la leyenda.
Le dije a mi acompañante que, para entender algo, habría que remontarse al año 711. Los seguidores de Alá
habían decidido instalarse en toda la Península Ibérica, y así habían llegaron hasta estos valles serranos de las estribaciones de Gredos, a la caída de la Paramera. Con el tiempo, las comunidades musulmanas se habían ido haciendo numerosas y su importancia
militar también había crecido. Se habían concentrado en algunas ciudades, y también en pequeños núcleos rurales, a veces en el entorno de un valle más o menos protegido en el que pudieran encontrar pastos para sus rebaños, recoger algunas frutas y verduras, y
sembrar diversos tipos de cereales para hacer pan.
Por la mañana, había llevado a mi visitante hasta el puerto de Mijares y allí había podido comprobar las
difíciles condiciones que para el cultivo del cereal presenta el valle del Alto Alberche. Entonces le había explicado que la economía del lugar se había centrado durante miles de años en el pastoreo de ganados, y que sólo las fértiles vegas de las gargantas
permitían el cultivo de huerta, de verduras y legumbres, entre algunos árboles frutales. Le había enseñado dónde se han obtenido durante siglos las mejores uvas para los vinos y sin duda no le fue difícil imaginarse que el pan debía de haber sido escaso la mayor
parte del año y que el control de la producción de harinas debía de haber representado una de las mayores prioridades del gobierno de la comunidad. No le sorprendió entonces cuando le conté la leyenda de Al Zoh´ar, la leyenda de las paneras del Zaire.
El Zaire, continué explicando a mi amigo, en Burgohondo es muchas cosas. Llevaron este nombre las viejas
escuelas de la carretera de Ávila, levantadas con el esfuerzo de todos los vecinos en un impresionante proyecto de aportación popular. Nos acercamos a verlas, porque todavía hoy lucen orgullosas sus soberbias arcadas de buena piedra berroqueña, arrancada de las
mejores canteras de esta tierra. Parece un acierto que los nuevos gestores del edificio, acondicionado hace pocos años para actividad hostelera, hayan mantenido su vieja denominación insertada en un título mayor que reza ahora como El Linar del Zaire.
La herencia de aquel nombre la recibió hace unos veinticinco años el nuevo grupo escolar, el colegio público
El Zaire, construido en la zona del Ejido, junto al antiguo camino de Navarredondilla, aguas allá, cuando las viejas escuelas se convirtieron en el Centro de Recursos del Alto Alberche para atender a las necesidades educativas de los jóvenes de todo el valle.
Ya habíamos visto los Jardines del Zaire, donde empezó nuestro periplo, en el lugar que ocupara el viejo
cementerio de la parroquia, enajenado para uso municipal el 21 de septiembre de 1934 por el entonces párroco, don Zoilo Elices. Todavía no han pasado muchos años desde su inauguración y de la decisión de la corporación municipal que le asignara este título. A su
vera se levanta el centro de la tercera edad del mismo nombre, de titularidad pública, lugar de encuentro para muchos ancianos, vecinos y visitantes de Burgohondo, donde se puede tomar un café, comer o pasar un buen rato junto a los nuestros.
Pero ante todo el Zaire es un cerro, el cerro del Zaire, al norte del pueblo, que lo circunda al tiempo que
lo protege del Cierzo, y lo deja expuesto al Solano bajo la apariencia de un rostro achaparrado, torneado durante siglos por el desgaste de los vientos. Hasta allí nos dirigimos, porque la vista merece la pena. Se trata de un cerro sembrado de berruecos milenarios que
se asoman temerosos entre las encinas y los fresnos que lo habitan. Duermen entre sus ramas los aguiluchos y las palomas torcaces, corretean las perdices y los conejos, y en alguna ocasión he podido descubrir algún que otro jabalí, huidizo, que hozara entre las
bellotas en busca de comida.
Le conté entonces a mi amigo de dónde procede todo. Empecé de nuevo mi relato para recuperar la leyenda
que escuché hace años y de la que ya casi me había empezado a olvidar.
Cuando, en 1960, los independentistas islámicos del Congo Belga lograron sus objetivos, calificaron a su país
como Al Zoh´ar -El Zaire- es decir, como la panera de África, tal vez porque en su suelo se instalaban algunas de las principales industrias harineras del continente. Burgohondo también tuvo su Al Zoh´ar, su panera, hace muchos cientos de años.
Cuenta la leyenda que entre las viejas encinas del cerro de la Panera, convenientemente señaladas con
algunas estelas de piedra, aunque ocultas a los ojos del enemigo, los hombres de Alá, temerosos de los cristianos y de sus ataques nocturnos, habían preparado algunos almacenes de cereal en que guardar la siempre más que escasa cosecha del preciado elemento. Se
pretendía tener cubiertas las necesidades de la población en una economía casi de subsistencia y enmarcada en la continua guerra por el control del territorio.
El tiempo fue pasando, continué, hasta que la comunidad cristiana de instaló definitivamente en el lugar,
lo que ocurrió en torno al año 1085, en que el rey Alfonso VI entró victorioso en la vieja capital visigoda de Toledo y sometió a los musulmanes a la jurisdicción real.
Sin embargo, le expliqué a mi amigo, lo singular del hecho es que los musulmanes que habitaban entre estos
cerros, aunque habían perdido su poder militar, y su poder político se había difuminado, no parecieron mostrar una actitud hostil hacia los nuevos pobladores, venidos del norte de Castilla bajo el mando de don Raimundo, conde de Borgoña, casado con doña Urraca, la
hija y heredera del rey don Alfonso.
A los cristianos les enseñaron cómo llamaban ellos a río, el Alberche, que partía en dos el valle que
los acogía; les enseñaron el aprovechamiento que hacían de sus aguas para las huertas y los prados para sus ganados. Les enseñaron, también, dónde habían escondido durante siglos el pan de sus hijos y cómo habían llamado El Zaire al cerro que lo cobijaba. El
caso es que los cristianos lo aprendieron, lo adoptaron y mantuvieron el nombre de las cosas que los musulmanes les dejaron al marchar.
Hoy ha llegado a nosotros casi como una leyenda, escondida tras una doblez en el paño de la historia, de
una historia que un profesor amigo, ya desaparecido, me hizo llegar un día envuelta entre las líneas de un viejo pergamino, amarillento por el paso de los siglos. Pero ahí quedan todavía las estelas diseminadas por el Zaire. No sabemos si marcaron alguna vez el
lugar donde se escondían las trojes del cereal, o si nunca sucedió tal cosa, pues la leyenda no necesita del todo concretar una respuesta. Sólo sé que así lo escuché y que así se lo conté a mi fascinado visitante; de esta manera le hablé sobre el origen de tan
sugerente expresión, sobre la leyenda del Zaire, sobre las viejas paneras del cerro de Al Zoh´ar.
